dimarts, 10 de juliol de 2012

De nuevo en Madrid con Leonardo da Vinci.

El Palacio Real me permitió contemplar La Gioconda de manera poco habitual en los recorridos museísticos. La Gioconda y yo. Solos, en una apartada y amplia sala medianamente iluminada. Madrid, Junio de 2011. Nada que ver con el frenesí y la muchedumbre que suele rodear a la vedette en El Louvre.

Después vino Goya.

Este año se repiten como en esotérica - al menos extraña -  danza los mismos movimientos.

Aquí estoy de nuevo a solas con Leonardo. Esta vez es Leonardo y la música que me traslada a una extraña, audaz, I+D, renacentista exposición en el Auditorio de Tenerife en 2005. Comisariada por Marta Pérez de Guzman que cita a Leonardo cuando dice : "Salvaje es lo que se salva" - homenaje a Rousseau - .

Y yo quiero colaborar siete años después con las aventuras audaces. Con la investigación. Con los constructores de St Pierre de Beauvais. Con Santiago Calatrava. Con Marta Pérez. Con Rousseau. Con Leonardo - jo, que no me corto un duro...! - . Soy audaz como un niño, no me interpreteis mal.

Para decirles que el  «non finito» leonardiano no es enfermizo afán de perfección. Ni imposibilidad de acabar la obra. Ni conflicto entre materia y espíritu. 


El  «non finito» de Leonardo es una invitación. Una mano tendida. Una invitación a la música, a la danza, a continuar un proceso que no tiene fin. 


Que no puede ser la obra de un hombre solo ni de una mujer. Porque es la obra de la creación. La obra de todos.


Es una obra tan grande, tan inmensa, que algunos se confunden y la llaman la obra de Dios.





Lo mejor siempre será frágil.
Necesitará una aportación continua de soluciones. es decir, nunca estará terminado.

Lo mejor siempre será un proceso. Una mano tendida a la creación.

Una mano.